Por Juan Pablo Andrews

Tras 45 años de la aparición del octavo disco de Los Beatles nos preguntamos ¿cuánta música posterior se hizo inspirada en esta innovadora propuesta? Más allá de un puñado de especulaciones sobre la muerte de Paul, este disco forma parte esencial de la psicodélica y el movimiento hippie de comienzos de los setenta.

El disco se transformó en el número 1 según la lista de Rolling Stone de los 500 mejores discos de todos los tiempos y a menudo es mencionado como unos de los más influyentes de la historia del rock. Las armonías vocales, las baterías simples y el juego de cuerdas continúa fiel, pero las modulaciones, los quiebres de tempo, y el sonido hindú te sumergen en un paraíso poco antes visto, al menos hasta ese momento.

El disco es como ir viajando en un auto clásico, en un camino sinuoso y bien señalizado para de pronto virar en 90 grados bruscamente y terminar viajando en un camello alado por unas colinas sin señalizar. Eso es. Es quiebre, es innovación elegante, es plantar sin esperar.

No por nada salió a la venta un mes antes del verano del amor y del inicio del movimiento hippie.

Hay una imagen de la portada que define el disco por completo. A un costado izquierdo aparecen los 4 Beatles casi en blanco y negro, todos vestidos iguales y con sus cortes de pelos idénticos. Su semblante es triste como si estuvieran en un funeral. Justo al lado los nuevos Beatles. Con trajes de colores, bigotes y cabellos más desordenados. Esa imagen simboliza el “los niños buenos están muertos”.

Pero este disco no se trata de hacer rock duro y demostrar que son rudos. Para nada. De hecho también es muy probable que este disco no haya inspirado el rock sicodélico posterior de los Doors, ni de Pink Floyd. Al menos no de manera directa. Lo que si es seguro, es que este disco forma un precedente, una piedra angular. El primer ladrillo de lo que sería el posterior rock de los 70.

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